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Solidaridad

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Creado en Martes, 27 Agosto 2019

SOLIDARIDAD EN CLAVE MERCEDARIA

Durante este mes de agosto, en el Colegio hemos reflexionado sobre el valor de la solidaridad.  Como Comunidad Educativa Mercedaria entendemos la Solidaridad como un grito que clama a mirar a los más pobres, los necesitados, los olvidados de la sociedad, niños, ancianos, enfermos, migrantes…en fin, mirar el dolor y darnos cuenta de la dignidad de toda persona humana. Por tanto debemos tener cuidado, la solidaridad es un llamado a mirarnos y mirar no desde  la vulnerabilidad, sino desde la condición de dignidad de ser hijos de Dios. Si nuestra mirada no trasmite esta dignidad, no estamos participando del valor de la solidaridad.

La solidaridad como uno de los principios y contenidos de la Doctrina Social de la Iglesia, encuentra su fundamento en la “dignidad de la persona humana. Es su sustento, contenido y sentido, puesto que el modelo de solidaridad para los cristianos es Cristo mismo. Cristo encarna, es decir, vive mis penas, vive mis miserias, se hace hombre, duda, ríe, llora, me acompaña en mi soledad, me escucha en mis angustias, entiende mis dolores, acepta mis debilidades, me acoge tal cual soy, se apiada de mí…me perdona. No suficiente con ello, me llama por mi nombre y muere por mí. Muere por nueva Vida para mí. Por perdón para mí. Por Redención para mí. No era para Él. No muere para sentirse mejor persona o mejor Dios. No muere para sentir que había hecho algo bueno. No muere para hacer justicia. Muere para limpiar mi error. Muere por amor. Muere para dejar un mensaje vital, construido en una visión optimista del hombre. Muere para devolvernos la dignidad de ser amados hijos e hijas de Dios.  El modelo de Cristo es claro, ser solidario es dar-se por completo. Darse justo en el momento en el que el otro me necesita, aún sin pedirlo.

Desde el modelo de Cristo Redentor, la solidaridad como acto humano, se expresa en las dos dimensiones que hemos compartido y reflexionado durante este mes:

La dimensión personal de la solidaridad es un llamado al encuentro, convoca a poner nuestra mirada más allá de nuestras necesidades personales o grupales y disponer de nuestras energías y esfuerzos más allá de las acciones con que estratégicamente vamos forjando un camino para nuestras particulares maneras de vivir y pensar, es un llamado a oír más allá de nuestras ideas, paradigmas y puntos de vista. Es un llamado al otro. A ver al otro, a escuchar al otro, a caminar con otro.

¡Qué difícil!

Tendemos a pensar que ser solidario es dar “algo”. Es fácil dar algo. Es más fácil dar si es algo que me sobra. Un poco más difícil es dar lo que me hace falta. Pero lo complejo es dar-me: dar mi tiempo, mi esperanza, mi confianza. Dar mi tiempo para que otro lo use para sus necesidades. Dar mi esperanza para que otro pueda encontrar allí las suyas. Ofrecer mi confianza para que otro pueda creer en sí mismo. El gran imperativo de la solidaridad, Jesucristo lo resume en esto; “Así pues traten a los demás como ustedes quieren que ellos los traten, porque en esto consisten la ley y los profetas” (Mt 7,12)

La solidaridad por tanto, No es idea. No es discurso. No es bandera de lucha.

Es verdad. Es acogida. Es beso. Es abrazo.

En esa entrega íntima en la que hago mía la necesidad del otro, me hago verdadero, humano y humilde, pues en ese encuentro pongo a disposición del otro todo lo que soy, pongo en sus manos lo que tengo, lo que hago, le comparto mis capacidades, virtudes, oportunidades, contexto y posibilidades. Porque ¿no me gustaría que el otro se pusiera en mi lugar cuando estoy con una situación difícil? Así también al revés ¿Aprecio que el otro se alegre conmigo? Al brindar lo que somos y tenemos a los otros generosa y confiadamente, sin esperar recibir algo; allí brilla el sol del amor, allí hay sol… y dar… y dad.

Es en este encuentro íntimo es que encontramos la fuerza para movilizarnos a una forma organizada de acudir al llamado de tantas voces que requieren atención. La dimensión social de la solidaridad implica visibilizar a otro, mostrar que existe, que es importante, que su dolor o su necesidad tiene un lugar en el mundo y que debe ser atendida.   Exige responsabilizarnos por las necesidades de los otros.

Algunas de las necesidades que aparecen son fruto de la injusticia, otras de la soledad, de la enfermedad, del dolor, algunas son fruto de las experiencias de vida, de las decisiones tomadas, de la opción de vivir. Todas estas necesidades solicitan ser acompañadas, acogidas, atendidas. La solidaridad reclama su atención a ellas no sólo con pancartas, lemas, promesas y buena voluntad. La solidaridad no sólo exige compromiso denunciando y responsabilizando los sistemas, la política, las ideologías imperantes; sino que también lo hace tomando conciencia y decidiendo acciones concretas. Tenemos que estar dispuestos a dar nosotros mismos, aquello que pedimos para cada una de las personas que decimos defender y cuidar.

La solidaridad es clave en proteger la dignidad de todo ser humano porque sostiene personalmente y en forma concreta cuando los líderes de una nación o políticas de estado no responden a quienes más lo necesitan. En ese espacio, la solidaridad es un gesto de humanidad, esperanza y comunión.

La solidaridad, por tanto, no es un llamado ideológico, es un llamado evangélico que invita a ver el rostro de Cristo en el migrante, el marginado, el pobre, el enfermo…no puedo esperar que el sistema le responda, es Cristo mismo el que me llama a mirarlo a Él.

 

“El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad. No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida. Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres.” (Mensaje del Papa Francisco en la I Jornada Mundial de los Pobres)